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Me pregunto si las personas que insisten en usar la palabra “ilegal,” no piensan en el impacto que tiene sobre las vidas humanas. “¿Qué parte de Ilegal no entiendes? Ellos dicen. Bueno, como un inmigrante indocumentado, necesito que la gente entienda el efecto traumático que éste lenguaje racista tiene sobre nosotros y nuestras familias. Muchas personas que no han experimentado ésta realidad parecen no darse cuenta de los ineludibles sentimientos de inferioridad que crea. O que podemos llegar a un diálogo transparente y exhaustivo sobre los derechos humanos y las soluciones humanas de inmigración sólo cuando se deja de usar la palabra “ilegal” como pieza central de la conversación.

Yo no soy un delincuente, pero a lo largo de mi vida he sentido que la ley está tratando de acabar conmigo. Mi abuelo, un ciudadano de EE.UU. por más de 30 años emigró en 1948. Él pidió en 1989 a mi padre para que se convirtiera en un residente permanente de EE.UU. pero sólo después de tres meses en el proceso, mi abuelo murió de forma inesperada. El ajuste del “estado jurídico” de mi padre se complicó. Decidió traer a mi madre, mi hermana y a mi desde Caracas, Venezuela, a Nueva York de modo que pudiéramos establecernos aquí. Mis padres querían que mi hermana y yo recibiéramos una educación y pensó que allí podía ajustar nuestra “condición jurídica.” Esto nunca sucedió.

Poco después del 11 de septiembre, durante mi primer año de la escuela secundaria, la incertidumbre se cernía sobre nosotros. La escuela secundaria en lugar de ser para cientos de soñadores como yo, un lugar para pensar en el futuro, se convirtió en un período marcado por la tristeza y la desesperanza. La falta de documentos significaba que yo tendría que pagar la matrícula para la universidad, incluso si yo había vivido la mayor parte de mi vida en Florida, porque yo era considerado como un estudiante “no-residente.”

En mi último año, estaba muy deprimido. Comprendí que mi estatus me iba a impedir asistir a la universidad, unirme a las fuerzas armadas, conseguir un buen trabajo e incluso obtener una licencia de conducir. Sentí mucho resentimiento hacia mi padre por no haber ajustado nuestro estatus. En ese momento me di cuenta que el sistema hace que sea casi imposible para gente como yo ser “legalizado.”

Cuando nosotros emigramos a éste país lo hacemos para mejorar nuestras vidas, nada diferente a lo que hicieron inmigrantes de los últimos siglos, muchos de los cuales también fueron sometidos al racismo y la discriminación pero cuyos descendientes son hoy en día venerados por las mejoras de nuestra sociedad. ¿Qué dice esto sobre el estado actual de nuestra sociedad, cuando la Corte Suprema juzga que las corporaciones son consideradas personas jurídicas y, sin embargo los seres humanos se consideran “ilegales”? Qué tipo de contradicción refuerza la criminalidad de las personas como yo.

Han pasado más de 21 años y hasta la fecha sigo sin papeles, sin posibilidades de convertirme en un residente permanente sin la aprobación del Acta DREAM. Pero ya no me siento igual. Me comprometo a decir la verdad sobre nuestro fracturado sistema y a desafiar los ideales inhumanos, incluyendo el uso de la palabra “ilegal.”

Los relatos históricos afirman que los temas tienden a repetirse, aunque se manifiestan de manera diferente. A principios de éste año, caminé 1,500 millas con otros tres estudiantes indocumentados desde Miami, Florida a Washington, D.C., para compartir nuestra situación y exigirle al Presidente Obama que detenga las deportaciones de estudiantes y la separación de familias. En Georgia, nos encontramos con un territorio peligroso, anti-inmigrante. Fuimos testigos del odio ancestral y entendimos de primera mano cómo el odio está vinculado al lenguaje.

Junto a la organización NAACP de Georgia, luchamos contra una protesta del grupo racista Ku Klux Klan (KKK). Los mensajes de la protesta del KKK fueron: detengan a los depredadores sexuales, mantengan la oración en las escuelas y sobre todo, detengan la invasión de “inmigrantes ilegales.” No hay mucha diferencia entre la retórica racista y discriminatoria del Ku Klux Klan y la política anti-inmigrantes demagogas y de comentaristas políticos.

Pero es sorprendente la filtración del lenguaje en el periodismo y los círculos “progresistas”. No hay forma de obviar el hecho de que la palabra “ilegal” y sus derivados tienen la intención de criminalizar a los individuos y las comunidades. Mientras que estemos sujetos a la deshumanización por medio del uso del lenguaje, vamos a continuar escuchando “¿qué parte de ilegal no entiendes?” o “ilegal significa ilegal.” Es ofensivo que Ezra Klein del Washington Post, y otros asocien nuestros esfuerzos de erradicar el lenguaje racista y hostil con “juegos de palabras” y traten de soslayar el odio anti inmigrantes. ¿Los términos “ilegales” e “inmigrantes ilegales” no minimizan la realidad de una economía global y el abuso de los derechos humanos?

Con éstos límites, el dialogo sobre la inmigración seguirá siendo envenenado, y la aplicación de duras prácticas de perfil racial persistirá. Voy a terminar con el dicho que los estudiosos de la historia han reiterado: se puede juzgar una sociedad por cómo trata a los más vulnerables.

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